Madre

28 mayo, 2010

Día de otoño

Caminaba distraída mientras la brisa fresca del otoño acariciaba su rostro, las hojas secas crujían bajo sus pies; las calles estaban húmedas y subía hasta su nariz el aroma de la tierra, hasta el aire parecía tornarse sepia y ponerse a tono con el dorado pálido de su piel, con su largo y castaño pelo y sus ojos cafés, como rindiendo homenaje a su andar.

Cantaba despacio, o más bien susurraba una melodía tranquila que nadie conocía. Llegó hasta su calle y sin dejar de crear su música, como por inercia, abrió esa suerte de postigo del portoncito de madera que ella misma había improvisado, siguió adelante unos pasos hasta la puerta, las notas seguían fluyendo… entró… sus manos suaves acariciaron unas caritas redondas y pequeñas que se mantenían cerca de la chimenea, el fuego se reflejaba en sus mejillas.

Afuera, el mundo, ya privado de su presencia, se sentía desierto y triste, pero dentro de esas paredes de ladrillos y adobe, bajo ese techo de cartón, unos niños recuperaban la sonrisa perdida media hora atrás. Y ella… ella se sentía en su paraíso.-